Si esto es el futuro, quédenselo
(una respuesta al revolucionario de la ternura)
Juan Pablo Pereira
Santiago, 25 de agosto de 2008.
(cfr. Raymond Chandler, o casi)
¿Cómo responderle a Héctor Hernández? ¿Amerita respuesta? “Judío torrante”, me llama. ¿Tengo que responderle a eso, al despliegue perfectamente macerado de estupidez e ignorancia que dicha frase supone? (De veras ha de ser tan profundamente todo eso que dice odiar si cree poder ofender a alguien diciéndole judío). ¿Tengo que hacerme cargo de la parte de su dedicatoria que se extiende a mi madre? ¿De veras hay algo de todo lo que implica eso que no le quede a todos meridianamente claro? Sólo en cierto restringido sentido, lo que hace Hernández es demostrar que debajo del lodo en que se solaza hay una inocencia temblorosa y asustada, como un niño que responde con insultos a lo que lo irrita. Inocencia de repetir como un lorito lo que su mentor Zurita le ha dicho, inocencia de creer que nos despacha -me refiero a los selectos aludidos- con sus dedicatorias, como si fueran dardos atendibles y tuvieran algún contenido distinto a la pataleta. Aparte del mal rato, no pasa nada, Hernández.
Pero parece que esas preguntas sí merecen, por desgracia, una respuesta. No sería así en un medio más sano, en el cual la destrucción de los espacios comunes por motivos históricos perfectamente conocidos por todos no hubiera operado atrozmente como operó en Chile. Pero algunas de las víctimas de esa destrucción -todo chileno lo es- han decidido, tal vez empujados por la desesperación pero creyéndose amparados en su poco o mucho talento, convertirse en victimarios, reproduciendo las dinámicas difamatorias y criminales que los personeros del período más horroroso de Chile impusieron en su momento. El porqué de esa mutación, de esa adopción fascinada y morbosa del arma del papá castigador en retorcido homenaje: todo ello se me escapa, y obedece seguramente a mecanismos psicopatológicos de los que otros, no un judío torrante como yo, habrán de hacerse cargo.
Por de pronto Hernández, poeta chileno, ha procedido a injuriar con publicidad a un puñado de personas, incluyéndome, y la inocencia que mencioné anteriormente no le servirá de coartada. La supervivencia de la niñez en el adulto puede servir de motor para el fenómeno estético o la recreación en el ocio, no para refugiarse en ella y eludir el bulto a la responsabilidad que le cabe en algo que hizo con todas su facultades despiertas, concienzuda y maliciosamente. En todo caso, sepa Hernández que lo que hizo -injurias con publicidad- es un delito, en el sentido estricto del término, que le podría haber haber valido un par de días preso. No es la generosidad de mi corazón lo que, al menos en mi caso, lo salvará de esa experiencia. Tampoco, téngalo por seguro, la más mínima traza de culpa por mandarlo a la sombra. Sólo la futilidad de crear un mártir de bolsillo, que vociferaría haber sido atropellado en su libertad de expresión y encarcelado en democracia, con el consiguiente coro de plañideras rasgando vestiduras, me hace abstenerme del ejercicio de ese derecho, el cual doy por seguro que Hernández, en su impudicia, no dudaría cobardemente en enlazar con los efectivos atropellos a la libertad de expresión y creación que continuamente ocurren entre nosotros. No, Hernández, no fomentaré tu hambre de ser mito.
No me hago ilusiones de que en su carrera a la inmortalidad poética Hernández no obtenga su mísera medalla de oro, sean limpias o no sus herramientas para obtenerla. Poco (me) importa, en este caso, la solidez de una obra: hacemos y sabemos hacer la distinción con el tipo que las escribe. Y éste, con lamentables libelos como el que esto motiva, ha sucumbido a la necesidad de ser recordado en el anecdotario y no en la historia futura de la literatura chilena, el cual, tal como van las cosas, será un libro unívoco y envenenado.
En todo caso descreo, ahora de manera definitiva, de que sea posible discutir como personas en este gallinero devenido en patético campo de batalla. Las tácticas sucias pero eficaces: el insulto, la descalificación ad hominem, el empellón y las cofradías de matones se han quedado con la poesía chilena, para ejemplo maravillado e idiotizado de los poetas que nos sigan en edad. No niego haberme degradado también a ello, pero ya no más.
Como Hernández dice y le concedo, el presente es suyo. Y será sobre esta tierra calcinada, fumigada sobre la cual se construirá la poesía chilena nueva, ésa que se sustente en la negación de la diferencia -enorme y monstruosa paradoja-, en la grandilocuencia hueca, en el canto pseudorromántico y la pestilente épica realsocialista, sacados todos a medio podrir de su –ahora lo sabemos- mal sellado sarcófago; imagino cuando la poesía novísima sea ya vieja y sus ancianos y estragados representantes se queden con las retrospectivas de los suplementos de cultura y el aura de los viejos combatientes, sonrientes y obesos en su respetabilidad, en medio de un mundo del cual no habrán cambiado ni una coma, pero que habrán seguido alimentando con la grasa de los mitos compensatorios, reproduciendo el infernal pero un tanto ridículo ciclo de la literatura como conmoción, gesto chocante y asalto a las lacrimales. La iniquidad del mundo seguirá su curso en tanto, como un río tranquilo.
Bueno, Hernández, Zurita, Ruiz, quédense con ese mundo. Vean sus álgidos esfuerzos coronados con un campo lleno de contrincantes liquidados y con la elevación de su efigies a la supersignificancia de la poesía chilena. Según ustedes, las poéticas luchan y se aniquilan, quedando las fuertes, muriendo las débiles. Solácense en esa idea, muérdanse y mójense los labios ante la sola idea; vendan hasta la náusea su dolor escritural y su radical experiencia de la poesía, sazonados con toda esa ternura de la que dicen ser voz y un cheque a fin de mes. Gente como ustedes siempre encontrará acólitos que les sigan. Pero al menos recuerden que es precisamente por eso que los que reproducen el infierno no somos nosotros -y sepan de paso que han demostrado que nos temen horrible y desproporcionadamente- sino ustedes: exactamente igual que banqueros, milicos y curas. Exactamente igual.
Así que si éste es futuro, quédenselo. Y otra cosa, Hernández, Chile no te ha mentido: Chile eres tú.