
Artesano
de Marcelo Munch
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Era bien conocido aquel viejo artesano que moteaba de tranco la calle del cerro como si fuera un pliego de peticiones para el asomo sutil de aquellos anhelos que se fueron. Era su obra de teatro. Llegaba el viejo con su mirada de ola soportando texturas expuestas y atrayendo perros vagos y niños que sin embargo lo enguirnaldaban como si fueran brotes y todos fueran lo mismo. Y se sentaba aquel con su gran libro de cuero negro abriendo extrañamente siempre donde había quedado la última vez. Niños y perros entendían el pacto y en silencio absoluto acicalaban de blanco el envoltorio de su alrededor como si fueran orilla, y el viejo empezaba su cantado relatar, su verso narrado, y se hacía eterna aquella hora que se extendía de nube desde ese pequeño tranco de calle cerro.
Un día aquel artesano no apareció más, y un enorme vacío se apoderó del mundo.
Mi cumpleaños 33 lo recibí sentado en el último rincón a lo alto de un legendario teatro de Londres, era Ricardo II de Shakespeare, una obra difícil para cualquiera, y se apareció ese pequeño hombre de Hollywood resistido a muerte por los ingleses, que tenía que hacer olvidar su procedencia, que tenía que reinventar esos mismos tristes ojos de American Beauty, que tenía que verse a la altura de Dios con su espléndida corona, se apareció él, en silencio, sin más gesto que él ante el universo completo y la historia entera en medio del escenario, él, de pie y cuerpo entero, erigiéndose sobre sus propios fragmentos, petulante y pequeño a la vez de mirada a tajo abierto, abismalmente generosa, humana, descarnada, sin esperar nada, los pechos todos se apretaron no sé cómo, las gargantas también, sólo él, solo, por un año inmenso sin mencionar palabra alguna, sin ningún rizo de aire más que el del firmamento que también se detuvo… Entonces algo extraño sucedió en el todo, todos entendimos el pacto y en silencio absoluto acicalamos de blanco el envoltorio de su alrededor como si fuéramos orilla, y el hombre empezó su cantado relatar, su verso narrado, y aquellas horas se extendieron de nube, como si estuviéramos sentados de tranco de calle cerro, y todos fuimos lo mismo.
Benditos los artesanos, resistidos, invisibles, inocentes, culpables, capaces de encontrar acogidas de la nada, son los últimos creadores del mundo, no conocen lo efímero ni el mal ayer, están condenados a muerte por el escupo de facha antes del encuentro de aquellos que ya no saben que lo enajenado se ha comido su nervio, se ha comido la mirada mutua, se ha comido la más pura ilusión.
Escribo esto al son de Chinoy, que se entristece a veces porque es difícil mantener la voluntad en el proyecto de ser ángel y no gusano, de ser pobre pero no miserable. Benditos los artesanos todos, llegará la noche en que no empañaremos el agua, que vendrá la vida con sus arterias llenas de parches para seguir la flor brotando de la vereda, que eliminaremos la ropa del pobre y podremos ver como le aparecen alas.
El no creer que artesanos de aquellos
han existido y existen es la primera sentencia. Nosotros paso a paso, hemos
de seguir.
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